Los tormentos
Comenzaré por el inicio,
creo. Por lo menos lo intentaré.
Antes que nada, supongo
que no se puede hablar de un inicio (refiriéndome al principio de mis
problemas) sin mencionar algo del contexto y todo aquello que los precedieron y
dieron causa. Así pues, será este escrito una lluvia desordenada de ideas
aleatorias, pero una lluvia, a fin de cuentas, que tal vez no llegue a tormenta
porque mi vida y lo que la acontece es, por desgracia o tal vez no, algo
pequeño e insignificante.
Yo no consumo drogas, no
bebo alcohol y tampoco fumo tabaco. Me gusta salir (aunque a los demás les diga
lo contrario) y me atormenta la soledad. No soporto el silencio cuando yo no
soy la causante de éste, le rehúyo a la indiferencia y tengo problemas para
manejar mis emociones, lo cual es cierto y no.
Soy inmadura para los
mayores y madura para los jóvenes pero, a resumidas cuentas y considerando la
realidad de mi situación, soy por sobre todas las cosas una persona infantil y
caprichosa, terca, voluntariosa, hedonista, manipuladora, mentirosa y toda
suerte de adjetivos que quieras agregarle. Sé que todos en algún instante de
nuestras vidas pensamos que somos lo peor del mundo. Comparamos nuestras
acciones y sus repercusiones con aquellas de las que nos rodean y en base a
ello decidimos egoístamente qué lugar nos corresponde y qué papel hemos de
desempeñar en él.
En tal caso permíteme
confesarte que para mí esta idea es algo casi permanente. Todos los días de mi
vida pienso y pienso (es mi pequeña obsesión) acerca de ello, me comparo y
juzgo injustamente exaltando aquellas cualidades o asperezas que según mi humor
vengan en mano y así todos los días me reafirmo, me niego, sufro y muero
esperando ansiosamente el amanecer.
Salgo de clases
planeando el día siguiente, a veces mi ropa también, pero centrándome en las
acciones, en las palabras, en lo que ese día con seguridad aprenderé y aquello
que sé que me hará sufrir. Acepto los castigos que mi superficial inteligencia
me impone y bajo de ellos me rijo, respiro entrecortadamente atada por mí, y
sólo por mí, y así camino, a rastras de mis imposibilidades personales.
En este mundo no hay
nada más terrible, o más maravilloso que la imaginación. Virtuosos aquellos que
con la experiencia aprendieron a acallarla. Por supuesto, no es mi caso, y si
lo fuera supongo que sería mucho más feliz, tal vez.
Ésa es, pues, la mecha
de mi cañón, la chispa antes de ella y el fósforo que la generó. Mi
imaginación.
¿Por qué?, verás. Peco
de ignorante casi tanto como de irresponsable y floja. Podría aprender si
realmente deseara hacerlo, pero en el fondo no lo hago, prefiero la comodidad
de mí. Es aquí donde mi cabeza se inventa formas de entretenerse estudiando
banalidades. A las personas, por ejemplo.
De ellas elabora cánones
que luego compara como si fueras tarjetas coleccionables, y de ahí, a su vez,
recrea sus conexiones y funciones. Mientras plantea toda esta red inútil de
relaciones, se enrosca en algún enamorado de la temporada y en base a él, se guía
para seguir resistiendo las indicaciones ajenas. Por lo tanto, va planeando el
siguiente día y una vez en él, se reinicia y el ciclo diario vuelve a empezar.
Sé que suena común pero en realidad se trata de una obsesión por pensar
bastante fuerte. Tan fuerte que entorpece, incluso, mis necesidades más
básicas.
De pronto, le da por
idear mundos fantásticos (pero lógicos) donde crea historias maravillosas,
extensas y laboriosas para entretenerse. Y con la misma maestría elabora los
más terribles complejos de los cuales asirme para que la tortura diaria pueda
tener lugar:
“Les molesta tu
presencia”
“A la gente no le agrada
tu compañía”
“Hablar contigo es raro”
“Es odioso si pides
cosas prestadas”
Y la lista sigue, y
sigue y sigue…
Yo, presa de mi cabeza,
vivo reprimida por mi imaginación, atrapada en una escuela de artes rodeada de
gente distinta y liberal. Es algo similar a estar en el infierno, yo creo, pero
sin el fuego y con boletas de calificaciones. No sé si allá abajo implementan
ese tipo de torturas, pero bien podría averiguarlo. El ticket de entrada es
bastante barato, para conseguirlo no tengo más que saltar del puente peatonal
frente a la escuela.
Ni se diga qué sucede
cuando alguien como yo se enamora. No le deseo ese mal a nadie. Ese es el punto
medio del asunto. La idea primaria recae en el hecho de que académicamente soy
un asco, socialmente doy pena y mucho me falta por aprender.
Todos nos hemos sentido
así alguna vez y la gente jura que es algo temporal pero, estoy comenzando a
pesar que tal vez no lo sea.
Anoche al verme en el
espejo mi imaginación ideó un cuerpo perfecto para mí. Por supuesto ella no
entiende de posibilidades tangibles. Sencillamente se encaprichó y pasó a
arañarme la sensibilidad.
Hoy en la mañana me
vestí tan neutral que parece que me fundo con mis complejos más profundos… y
eso me duele.
Tales son sus cambios de
parecer que hará dos días me sentía la mujer más bella del planeta. Mírenme
ahora.
No sé qué hacer ni cómo
dejar de sufrir, sólo se me ocurre el cortarme la cabeza para solucionarlo. Es
la culpable de todos mis problemas internos. Pero extrañaría mis ojos.
Entre la indiferencia,
la indecisión y la ambigüedad se encuentra el sufrimiento. Ahí me encuentro
parada sobre hielo delgado casi sin respirar. El día de hoy hasta eso me
lastima. Soy una niña tonta e infantil y no sé qué hacer con mi vida. No aspiro
a madurar pronto pero me veo forzada a hacerlo. El mundo y las situaciones
avanzan por el tiempo a un paso tan determinado que hay momentos en los que
siento que voy a caer. Hoy es uno de ellos.
¿Qué puedo hacer para
transmutar lo que soy?
Tal vez pensar más o
pensar menos. Operar desde la matriz o destruir la matriz. No lo sé. Quizá sí
tenga que ir al infierno de visita después de todo.
Y tanto falta por decir.
-ACC
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