No quiero volver a sentirme mal por ser yo.
¿Será que hacerme compañía es divertido?
Cada que me dañabas me conciliaba sola, encontrando en mi
cabeza razones para perdonarte casi inmediatamente. Siempre me ha pesado más lo
bueno que lo malo, pero no sé en qué momento lo malo, migajas por doquier, en cantidad comenzó a ensombrecer aquellas montañas de alegría que alguna vez logramos hacer. Siempre que me haces daño, me sano sola.
“No quiero nada”, dice quién me abraza, toca, besa, consuela y escucha,
quien comparte conmigo muchas experiencias interesantes y aventuras. No quiere
nada aquel que habla de conexiones humanas, aquel que sabiéndome tal, me acepta
y me da la bienvenida a su regazo.
¿Será todo imaginaciones mías?, siempre me culpo por
nuestras interacciones. Seré pues, parte de tu eterno deseo por ver el mundo
arder, una de las tantas que te permite ser sin consecuencias, nada distinto de
un distractor o un juguete. Soy valiosa por lo que puedo ofrecerte: una ventana
para ser irresponsable.
Tal vez con el tiempo comenzaste a apreciarme, no lo
suficiente para amarme o pensarme pero sí lo necesario para rondarme a tu
manera, desde ese balcón lejano que disfrazas de indiferencia.
Para mí has significado mucho, sabrás cuánto espero, pues te
dije aquella vez, la cuestión aquí es que en tanto me tocas con tu
irresponsabilidad, me dañas, pues en tanto me sano sola no me daño sola. Y es
que te odias tanto y te amo tanto que no quiero ser una excusa más de las que
usas para hacerte daño. Es tonto de mi parte, lo sé, sabiéndome tan intrascendente,
el pensar que la idea de lastimarme de hecho te pesa por algo, pero no es tan
descabellado el mirarlo pues disfrutas del sufrimiento ajeno y del propio casi
como lo harías de inhalar cocaína, y usarás cualquier excusa para revivir esa
tierna sensación de vida que causa la tristeza, la culpa, el dolor. Podrías
drogarte con la idea de dañarme, no por amarme sino por amor a tu propio dolor,
a la lucha de un poeta autodeclarado. No quiero ser otra excusa tuya para
complacerte, una pasaje barato al sufrimiento.
Pero ojalá y sí te dañe el haberme dañado.
¿Y qué sentiré de lo contrario?, el dolor de saberme reducida
a nada, de notar que mi existencia que puja por paz se ve en tu estima
pisoteada. Habré abierto mi corazón a alguien que lo le da más valor que a un
zapato en una vereda, ¡qué tonta y qué torpe!, pero, ¿qué más me queda?
Aún si para ti soy nada para mí representaste bastante. Aún
si para ti soy nada para el resto soy importante. Aún cuando tu opinión me
importe, no es todo ello lo que me define, y por mucho que me duela, me
equivoqué al elegirte.
Es tonto pensar que me pensarás de alguna manera, nadie
jamás medita en lo que piensa que es solamente un zapato en una vereda.
Pero, ¡qué afán por contradecirte, patán!, qué afán por
verte desinteresado y aun así remontar y remontar, qué afán por tocarme y
hablarme y luego echarme la culpa por desarrollar afectos, ¡qué irresponsable,
qué infantil!, no soy una piedra sino un ser gentil, seré torpe pero tú eres
cruel, en tanto sabiendo de las cosas decidiste actuar sin mirar a quién.
Hedonista y caprichoso, encuentras placer en desatar el caos. Felicidades, me
has herido, avanza pues, con paso ligero, sabiéndote complacido, sin mirar
atrás.
Estoy harta de pensarte cada día... desearía pensarte nunca más.
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